
🌑🌱 🌑Borges, Girard y Rand, inspiran a Peter Thiel
🌑El manifiesto de Palantir de 2026 no es un documento corporativo. Es una jugada filosófica y política construida durante décadas. Analizamos las ideas que mueven a Peter Thiel —el Iluminismo Oscuro, el deseo mimético de Girard, el objetivismo de Rand, el katechon y la hiperstición de Nick Land— y las conectamos con la obsesión borgeana de ver todo desde un único punto. Un ensayo profundo sobre ideología, tecnología y el fin de la historia.
El Aleph & Palantir
El manifiesto tecnológico más perturbador de 2026 no es un documento de negocios. Es una jugada de ajedrez en una partida que empezó hace décadas. Y todos somos piezas sin saberlo.
I. El punto que contiene todos los puntos
Jorge Luis Borges imaginó el Aleph en un cuento de 1945: un punto minúsculo en el sótano de una casa de la calle Garay, en Buenos Aires, donde se podían ver, sin confusión ni superposición, todas las cosas del universo al mismo tiempo. El narrador desciende, se acuesta en el suelo de tierra, coloca la cabeza en el lugar exacto que le indica Carlos Argentino Daneri —el dueño pretencioso y ridículo del prodigio— y entonces lo ve todo: el mar, el alba, una multitud de América, una telaraña de plata en el centro de una pirámide negra, un laberinto roto. Lo ve todo, pero no puede contarlo, porque el lenguaje es sucesivo y el Aleph es simultáneo.
El cuento tiene exactamente una estructura de revelación frustrada: quien contempla el Aleph enloquece de asombro, pero no puede transmitir lo visto. El conocimiento absoluto no trae la felicidad ni la paz, sino una soledad radical. Y el poseedor del Aleph —Daneri, el poeta mediocre— no es el más sabio ni el más virtuoso. Es simplemente quien heredó la casa correcta.
Esta imagen no es decorativa en el universo de Peter Thiel. Es estructural.
El nombre Palantir viene de Tolkien —las piedras videntes del Señor de los Anillos que permiten ver a distancia—, pero la ambición es borgeana. Desde su fundación en 2003, con capital semilla de la CIA, la empresa se propuso construir un Aleph digital: un sistema capaz de integrar los datos dispersos del mundo —registros financieros, comunicaciones, movimientos de tropas, patrones de consumo, redes de contactos— en una ontología única y coherente, desde la cual cada decisión, cada amenaza, cada oportunidad se volviera visible en un solo instante. Sus plataformas Gotham —diseñada para inteligencia militar y antiterrorismo— y Foundry —para análisis empresarial y gubernamental— son las promesas técnicas de ese punto total.
El manifiesto que Thiel y Alex Karp publicaron en abril de 2026 —veintidós tesis escuetas sobre deuda moral, defensa nacional e ingeniería al servicio del hard power— lleva esa ambición hasta sus últimas consecuencias políticas. Propone que el Estado norteamericano entregue su infraestructura crítica a empresas como Palantir, no por privatización sino por lo que ellos llaman claridad estratégica: solo quien ve todas las fichas sobre el tablero puede mover con certeza. En un mundo de datos fragmentados, el que posee el Aleph posee también la capacidad de terminar la partida.
Pero la lección que Borges dejó escrita permanece: el narrador del cuento no recuerda bien lo que vio. La revelación lo abandona. Y Carlos Argentino Daneri, el poseedor del punto mágico, no es un dios. Es un poeta de tercera que escribe versos grandilocuentes sobre el planeta entero sin entender ningún lugar en particular. Quizás por eso el manifiesto de Palantir insiste tanto en el deber moral, en la república, en el patriotismo: es el intento de construir un lenguaje que pueda contener lo que el Aleph muestra. Un intento condenado de antemano a la imperfección, pero políticamente necesario.
II. Borges en Buenos Aires: el Aleph como método
Hay algo que no es menor, y que en este momento tiene una resonancia particular: Peter Thiel está en Argentina.
En el país donde Borges escribió el Aleph, donde imaginó la Biblioteca de Babel y el jardín de los senderos que se bifurcan, Thiel encontró en Javier Milei no solo un aliado político sino una confirmación empírica de su teoría. Argentina es, para los neorreaccionarios, el experimento en curso: un Estado que colapsa bajo el peso de su propio aparato burocrático y que intenta reconstruirse aplicando la lógica de la destrucción creativa. Si el ensayo funciona, el resto del mundo tiene un manual. Si fracasa, al menos prueba que el sistema existente no tiene salvación sin un quiebre radical.
No es casual que Thiel haya elegido este momento y este país para estar presente. Los borgeanos saben que el Aleph de la calle Garay fue destruido cuando demolieron la casa. Pero el narrador sospecha, al final del cuento, que el verdadero Aleph estaba en otro lugar, que el de Daneri era una falsificación. Thiel parece buscar el original.
Para entender esa búsqueda —y por qué tiene la forma que tiene— hay que remontarse a las piezas filosóficas que la construyeron.
III. El Iluminismo Oscuro: el diagnóstico del sistema
Thiel no opera en el vacío ideológico. Su visión del mundo pertenece a una corriente intelectual precisa que surgió en el ecosistema de Silicon Valley a principios del siglo XXI y que recibe varios nombres:
• Iluminismo Oscuro (Dark Enlightenment): traducción directa del término original.
• Neorreacción o NRx: acrónimo de Neo-Reaction, usado en blogs y foros.
• El nombre fue acuñado por el filósofo Nick Land.
Su premisa central es una ironía deliberada: si la Ilustración del siglo XVIII prometía luz, razón y libertad para todos mediante la democracia liberal, el Iluminismo Oscuro propone que esos ideales fueron el mayor error histórico de Occidente. La democracia no es el mejor sistema posible sino uno de los peores, porque premia la mediocridad, disuelve la soberanía y concentra el poder real en manos de quienes controlan el relato, no quienes crean valor.
Su modelo de gobierno alternativo se llama neocameralismo: el Estado concebido como una empresa eficiente gobernada por un CEO, no como una democracia representativa. La política desaparece. La gestión toma su lugar.
Conviene distinguir esta corriente del aceleracionismo de derechas, con el que frecuentemente se confunde. No son sinónimos: el aceleracionismo es una estrategia —llevar las contradicciones del sistema al extremo para forzar su colapso—, mientras que el Iluminismo Oscuro es una ideología completa con una propuesta de civilización alternativa. Son complementarios, no idénticos.
IV. La Catedral: el nombre del enemigo
El concepto central del Iluminismo Oscuro lo desarrolló Curtis Yarvin —conocido en internet como Mencius Moldbug— en años de escritura densa y provocadora. Lo llamó La Catedral.
La metáfora evoca a la Iglesia Católica medieval, que controlaba la verdad, definía qué estaba bien y qué mal, y tenía a sacerdotes, universidades y reyes a su servicio. Hoy, dice Yarvin, esa función la ejercen tres grupos que trabajan juntos sin necesitar un líder coordinador:
1. Los grandes medios de comunicación.
2. Las universidades de élite y sus departamentos de humanidades.
3. Las agencias gubernamentales y organizaciones de la sociedad civil.
Estos tres grupos comparten la misma ideología —progresismo, igualitarismo, democracia liberal— y se retroalimentan: quien estudia en Harvard cree lo que publica el New York Times, el New York Times cita a expertos de Harvard, ambos presionan al gobierno, y el gobierno financia a las universidades. Un círculo cerrado que se perpetúa.
Lo decisivo, insiste Yarvin, es que La Catedral no es una conspiración. Nadie se reúne en un sótano. Es una convergencia de intereses: todos los que aspiran a tener prestigio y poder deben seguir la misma línea ideológica, porque es la única que el sistema recompensa. Su herramienta no son los tanques sino el poder blando: controla lo que se puede decir y lo que no, qué es “verdad” y qué es “disparate”. La gente acaba autocensurándose, creyendo que piensa libremente.
Este diagnóstico es el punto de partida de todo lo que Thiel hace. Si La Catedral controla el relato, la única respuesta es construir fuera de ella o demolerla desde adentro.
V. Las dos filosofías de Thiel: Girard y Rand
Para comprender cómo Thiel opera, hay que entender que su pensamiento está moldeado por dos filósofos que usa de maneras radicalmente distintas.
René Girard: la herramienta analítica
Girard propone que las personas no desean objetos de forma autónoma. Desean lo que otros desean, imitando a sus modelos. Esta dinámica —el deseo mimético— genera rivalidad: cuando dos personas imitan el mismo deseo, compiten por el mismo objeto. La tensión colectiva termina resolviéndose señalando a un chivo expiatorio, un culpable sobre el que se descarga la violencia acumulada, restaurando una paz ficticia y temporal.
Thiel califica esta teoría de “amplitud inusual” porque permite entender fenómenos colectivos muy diversos.
En los mercados: los inversores actúan de forma mimética, siguen la corriente y generan burbujas. Su estrategia contrarian consiste en buscar oportunidades donde nadie mira y evitar la competencia feroz —que considera un síntoma de mimetismo— para construir monopolios. Bajo esta lógica invirtió en Facebook en 2004: detectó un efecto de red masivo y difícil de replicar en un momento en que nadie más apostaba con esa convicción.
En los equipos: cuando construía PayPal, Thiel notó que la ambigüedad en responsabilidades generaba rivalidades internas. Aplicando la lógica de Girard, identificó la fuente del mimetismo: cuando dos personas tienen funciones solapadas, compiten por el mismo reconocimiento. Su solución fue asignar a cada empleado una única responsabilidad clara, eliminando la fuente de imitación. El conflicto cesó.
Girard le da a Thiel una herramienta para leer el mundo. Rand le da algo diferente.
Ayn Rand: el combustible emocional
Rand postula que la búsqueda racional del interés propio es la máxima virtud moral. Su novela La rebelión de Atlas narra cómo los “hombres de mente” —empresarios, inventores, creadores— se retiran al Cañón de Galt, un valle secreto, para dejar colapsar una sociedad que los explota y los frena, y fundar desde cero una civilización basada en la libertad y la creatividad individual.
Thiel reconoce que los héroes de Rand no son realistas, pero funcionan como modelos: “cada persona puede ser John Galt esforzándose por vivir conforme a estos principios”. Sus villanos —los burócratas que ahogan la innovación— sí le parecen completamente reales. Rand le provee así un relato épico: el emprendedor innovador como héroe frente al Estado regulador como antagonista.
Pero Rand no es solo inspiración emocional. Provee también la estructura narrativa de la salida: si el sistema corrompe la creatividad, la respuesta no es reformarlo sino abandonarlo. El Cañón de Galt es el precedente literario directo de todo lo que Thiel ha intentado construir fuera del sistema.
VI. Hiperstición y aceleracionismo: la bomba de relojería conceptual
El filósofo Nick Land —exprofesor de la Universidad de Warwick— aportó la dimensión más radical del movimiento con dos conceptos que conviene entender juntos.
El aceleracionismo es la convicción de que, en lugar de intentar reformar el sistema. Hay que llevar sus contradicciones al extremo —polarización, crisis financieras, colapso institucional— para que se derrumbe y sea reemplazado por uno diseñado por las élites más capaces.
La hiperstición es su herramienta cultural: una ficción que, al ser ampliamente creída y actuada, se vuelve real, funcionando como una profecía autocumplida. No es un concepto inocente. Dentro de esta ideología, la hiperstición actúa como una bomba de relojería conceptual: introduce ideas disruptivas en el tejido cultural para erosionar el consenso de La Catedral desde dentro y acelerar su colapso.
Conviene distinguir dos estrategias complementarias:
Hiperstición (Nick Land): opera en el plano de las ideas. Introduce narrativas que minan el consenso. Es una estrategia hacia dentro del sistema.
Arquitectura de Salida (Peter Thiel): opera en el plano material. Consiste en construir espacios alternativos —físicos o digitales— para los que comparten esta visión. Es una estrategia hacia afuera, una forma de eludir el sistema construyendo uno paralelo.
Ambas son complementarias: la hiperstición prepara el colapso cultural, la arquitectura de salida construye la alternativa mientras tanto.
VII. El Seasteading: el Cañón de Galt en el océano
El Seasteading es el proyecto que materializa todo lo anterior en el plano físico: construir plataformas flotantes en alta mar para crear ciudades-estado independientes, fuera de la jurisdicción de cualquier gobierno existente.
Thiel es uno de sus principales financiadores. Invirtió cientos de miles de dólares en proyectos como la fallida ciudad de Artisanópolis en la Polinesia Francesa, que naufragó por inviabilidad técnica y resistencia de las autoridades locales.
Su conexión con el Iluminismo Oscuro descansa en tres pilares:
Arquitectura de Salida: el océano como territorio vacío donde crear sociedades desde cero, libres de leyes, impuestos y regulaciones. Es el Cañón de Galt trasladado al agua.
Rechazo a La Catedral: estos proyectos buscan operar completamente al margen de la combinación de academia, medios y gobierno que Yarvin identifica como el poder real en Occidente.
Neocameralismo en práctica: el diseño nunca fue democrático. El objetivo es crear comunidades regidas por las leyes del mercado o por un CEO. El Estado como empresa.
Tras el fracaso de Artisanópolis, Thiel redirigió su capital hacia proyectos análogos con mayor viabilidad técnica. La empresa Panthalassa —centros de datos flotantes impulsados por energía undimotriz— representa la misma lógica: estructuras autónomas, en el mar, fuera del alcance regulatorio convencional. La infraestructura antes que la colonia.
VIII. El que retiene: teología política en el manifiesto
La teología política de Thiel tiene un nombre que él mismo ha pronunciado en conferencias privadas en Oxford, Roma y Austin: katechon. La palabra aparece dos veces en la Segunda Carta a los Tesalonicenses y designa a “aquel que retiene” la manifestación plena del mal en la historia. Durante siglos, pensadores cristianos identificaron al katechon con el Imperio Romano; para Carl Schmitt, era la fuerza que impedía el caos de la guerra civil perpetua.
Thiel ha reinterpretado el concepto de una manera que sorprende a sus propios oyentes: el katechon no es un emperador ni un ejército. Es una fuerza tecnológica soberana que se interpone entre la humanidad y el fin de la historia.
¿Y cuál es ese fin? Aquí aparece la segunda pieza teológica.
Nietzsche escribió El Anticristo para fulminar el cristianismo igualitario que había convertido a los hombres en rebaño. Thiel, lector obsesivo de Nietzsche, da un giro audaz: el Anticristo no es una figura individual malvada, sino un sistema político y tecnológico global que promete paz, seguridad y resolución del hambre y el cambio climático, pero a cambio exige el control total de la información, la regulación unificada de la inteligencia artificial y la disolución de las soberanías nacionales en un gobierno planetario. Para Thiel, la Unión Europea, el Pacto Verde y cualquier intento de gobernanza global de la IA son los primeros esbozos de ese Anticristo.
El manifiesto de Palantir se vuelve entonces completamente legible: su llamado a abandonar el soft power, su desprecio por “el pluralismo vacío y crepuscular”, su exigencia de restablecer el servicio militar obligatorio —todo son movimientos de quien se cree jugando contra el fin de la historia. Palantir se presenta como el katechon moderno: la fuerza tecnológica que retiene al Anticristo global mediante la militarización de la inteligencia artificial y la restauración de la soberanía nacional.
La paradoja, evidente y no resuelta, es que la empresa construye exactamente la infraestructura de vigilancia que el Anticristo necesitaría para dominar. Thiel lo sabe, y en sus charlas advierte contra “imanentizar el katechon” —convertir en programa político explícito aquello que debe permanecer como fuerza misteriosa—. Sus críticos señalan que él mismo ha caído en esa trampa. Quizás no. Quizás está jugando una partida tan compleja que la contradicción es parte del método.
IX. El jardín de los senderos que se bifurcan
Borges dejó otra imagen decisiva: en “El jardín de los senderos que se bifurcan”, Ts’ui Pên escribe una novela infinita donde cada capítulo se ramifica en múltiples posibilidades y todos los desenlaces coexisten. El tiempo no es una línea recta sino un laberinto de series divergentes. Todos los futuros son simultáneos.
La biografía de Thiel es una sucesión de bifurcaciones: cofundador de PayPal, primer inversor externo de Facebook, financiador de Trump y luego de J. D. Vance, creador de Palantir pero también de empresas de longevidad y de ciudades flotantes. No sigue una ideología lineal. Explora todas las ramas del jardín simultáneamente. Porque en una partida contra el Anticristo global, ninguna estrategia única es suficiente. Hay que apostar en múltiples tableros a la vez.
El manifiesto de veintidós puntos es, en este sentido, un documento borgeano: dice una cosa y sugiere al mismo tiempo su opuesta. Cuando habla de “república”, los oyentes ingenuos escuchan democracia participativa; los iniciados escuchan tecnocracia guerrera. Cuando habla de “paz”, los superficiales creen que es el fin de los conflictos; los profundos saben que es la paz romana, la que se impone aplastando a todo enemigo.
El lector queda atrapado en un jardín de interpretaciones. Cada punto se bifurca. No hay un único manifiesto, sino tantos como caminos decida seguir quien lo lee.
X. El valor de las piezas: ajedrez como gramática oculta
Hay una lección que Thiel aprendió en los tableros de ajedrez de su juventud y nunca ha abandonado. En el ajedrez, la reina vale nueve puntos, la torre cinco, el alfil y el caballo tres cada uno, el peón uno. Pero ese valor no es fijo: depende de la posición, del momento de la partida, de la tensión en el centro. Un peón en la séptima fila, a punto de coronar, vale más que un alfil mal colocado.
Thiel trasladó esta intuición a los negocios en Zero to One: “Es mucho mejor ser el último en mover que el primero”. El primer movimiento crea volatilidad e incertidumbre; el último cierra la partida. Por eso estudia el final del juego antes que cualquier otra cosa, como recomendaba el gran maestro Capablanca.
El manifiesto de Palantir no es una jugada de apertura. Es una jugada de final. Los veintidós puntos asumen que la partida ya está muy avanzada: que el Anticristo global está a punto de coronar, que el katechon tradicional —el Estado-nación burocrático— ha sido capturado, y que solo una alianza entre ingeniería agresiva y soberanía militar puede todavía inclinar el tablero. Por eso el manifiesto no se detiene en diagnósticos ni en matices. Es deliberadamente brusco, deliberadamente polarizante. Como mover el peón del rey dos casillas en una partida de alto riesgo: aumenta la volatilidad, pero fuerza al adversario a reaccionar.
XI. La Biblioteca de Babel: el peligro del Aleph infinito
Queda una última imagen borgeana, la más inquietante. “La Biblioteca de Babel” describe un universo infinito de galerías hexagonales que contiene todos los libros posibles: todas las combinaciones de veinticinco símbolos, todas las historias verdaderas y falsas, todas las profecías y sus negaciones. La biblioteca es el Aleph llevado al extremo del infinito. Y es inhabitable. Sus bibliotecarios enloquecen buscando el libro que contiene el catálogo de todos los libros. La completud absoluta no produce sabiduría. Produce parálisis.
La inteligencia artificial total que Palantir quiere construir se parece peligrosamente a esa biblioteca. Un sistema que genera todas las hipótesis, todas las predicciones, todas las jugadas posibles, no es un oráculo: es un dios imperfecto que no puede decidir entre sus propios resultados. El manifiesto de 2026 propone que la tecnología debe ponerse al servicio de la guerra no por belicismo, sino porque la guerra es el único filtro que puede distinguir entre los infinitos libros de la biblioteca. La batalla real separa lo verdadero de lo falso, lo útil de lo inútil, el movimiento ganador del perdedor.
Thiel, en el fondo, no confía en la biblioteca infinita. Sabe que contemplarla demasiado tiempo conduce a la locura del bibliotecario borgiano. Por eso el manifiesto insiste en la acción, en el deber, en la jerarquía. No se trata de leer todos los libros. Se trata de elegir uno y jugarlo hasta el final.
XII. Cómo aterrizar esta visión: lo que podemos aprender sin adoptar la ideología
Más allá de si se comparte o se rechaza la cosmovisión de Thiel, su método encierra herramientas analíticas con aplicación práctica concreta.
Del deseo mimético (Girard): antes de tomar cualquier decisión importante —de inversión, de carrera, de estrategia empresarial— vale la pena preguntarse: ¿quiero esto porque genuinamente lo valoro, o porque otros lo desean? La mayoría de las burbujas, en los mercados y en la vida personal, son fenómenos miméticos. Identificar el mimetismo propio es el primer paso para salir de él.
Del pensamiento de monopolio (Thiel): la competencia feroz no es una señal de éxito; es con frecuencia una señal de que todos están persiguiendo el mismo objeto sin cuestionarse si vale la pena. Las oportunidades genuinas suelen estar donde nadie mira, en los márgenes del consenso.
De la arquitectura de salida: no toda “salida” del sistema implica ciudades flotantes. Puede significar construir instituciones paralelas, comunidades alternativas, proyectos que no dependen de la validación del establishment. La pregunta práctica es: ¿qué estoy construyendo que funcione independientemente de que el sistema actual sobreviva?
De la hiperstición: las narrativas importan más de lo que parece. Las ideas que parecen radicales hoy se vuelven el sentido común de mañana si suficiente gente las asume y actúa en consecuencia. Esto vale para cualquier proyecto transformador, no solo para los de derecha radical.
Del ajedrez como gramática: la diferencia entre un movimiento táctico y uno estratégico es el horizonte temporal. Thiel siempre pregunta: ¿cómo se ve este movimiento desde el final de la partida? Es una disciplina mental que cualquier decisor puede adoptar sin compartir ninguna de sus posiciones ideológicas.
Conclusión: El Aleph tiene veintidós puntos y está en Buenos Aires
Borges escribió que el Aleph de la calle Garay fue destruido cuando demolieron la casa. Pero al final del cuento agrega una nota inquietante: en la Columna del Profeta, en El Cairo, existe otro Aleph. Y en la mezquita de Amr, en ese mismo Cairo, hay otro más. Los Alephs se multiplican. No hay un único punto desde el cual ver todo el universo. Hay muchos, y sus propietarios siempre creen poseer el verdadero.
El manifiesto de Palantir es el intento de construir un Aleph con veintidós puntos y procesadores de datos. Peter Thiel, en Buenos Aires, en el país donde Borges escribió el cuento, está buscando confirmar que el experimento argentino prueba lo que él cree desde hace décadas: que el sistema democrático liberal colapsa bajo su propio peso, que La Catedral no puede sostenerse indefinidamente, y que quien construya la infraestructura de inteligencia del mundo que viene tendrá en sus manos el punto desde el cual se ven todas las cosas.
Lo que Borges no nos dice —y que quizás sea lo más importante— es qué hace el poseedor del Aleph con lo que ve. El narrador llora a Beatriz Viterbo, la mujer que ama y que ha muerto. Tras contemplar el universo entero, vuelve a su dolor particular. El conocimiento absoluto no resuelve el problema humano fundamental: qué hacer con lo que sabemos, a quién servimos cuando decidimos, qué clase de mundo construimos cuando tenemos el poder de construirlo.
Esa pregunta no la responde ningún manifiesto. Y es, probablemente, la única que importa.
Glosario de conceptos clave
Iluminismo Oscuro / Dark Enlightenment / NRx: corriente ideológica que rechaza la democracia liberal y propone su sustitución por sistemas tecnocráticos o neocameralistas.
La Catedral: el conjunto formado por medios de élite, universidades y agencias gubernamentales que, según Yarvin, fabrica el consenso ideológico en Occidente sin necesidad de conspiración explícita.
Neocameralismo: modelo de gobierno en el que el Estado funciona como una empresa con un CEO, eliminando la política representativa.
Deseo mimético: concepto de René Girard según el cual las personas desean lo que otros desean, generando rivalidad y violencia colectiva.
Chivo expiatorio: mecanismo girardiano por el que una comunidad descarga su violencia acumulada sobre un culpable designado para restablecer la paz temporal.
Hiperstición: concepto de Nick Land que define una ficción que, al ser creída y actuada colectivamente, se convierte en realidad.
Aceleracionismo: estrategia que propone llevar las contradicciones del sistema al extremo para forzar su colapso y sustitución.
Katechon: figura teológica —“el que retiene”— que Thiel reinterpreta como la fuerza tecnológica soberana que impide la imposición de un gobierno global.
Seasteading: movimiento que propone construir ciudades-estado flotantes en aguas internacionales fuera del control de los Estados existentes.
Arquitectura de Salida: estrategia práctica de construir espacios autónomos —físicos o virtuales— fuera del sistema dominante.
@Pau_Gabin
Junio 2026
#PeterThiel #IluminismoOscuro #DarkEnlightenment #Palantir #NRx #Neorreaccion #Borges #Aleph #FilosofiaPolitica #Tecnopolitica #Seasteading #Katechon #DeseoMimetico #Aceleracionismo #Hipersticion #Neocameralismo #SiliconValley #Libertarianismo #CurtisYarvin #NickLand #ZeroToOne #AynRand #ReneGirard #GeopoliticaTecnologica #IA #InteligenciaArtificial
