🌑🌱 🌑ESCASEZ Y OFICIO  ·  LOS MILLARES → GPU

                        El herrero y el visionario

🌑Una historia epistemológica de la escasez y la
 imaginación, de Los Millares a la superinteligencia

Hace cinco mil años, en Los Millares, mandaba quien controlaba el cobre y el fuego que lo fundía. Hoy manda quien controla la capa escasa de la máquina: litografía, destreza, idea antes que producto. El herrero y el visionario son el mismo oficio en dos orillas del tiempo. No basta usar la técnica: hay que dominar lo que nadie más sabe leer —o imaginar antes de que exista.

 

Obertura

Hace más de un millón de años, en el interior de una cueva del sur de África que hoy llamamos Wonderwerk, alguien se sentó frente a un puñado de brasas y no se movió. No sabía producir aquello —el rayo o el incendio de la sabana se lo habían dado ya hecho, y su único mérito era no haber huido de ello, sino haberlo cogido con una rama y haberlo traído consigo, treinta metros cueva adentro, para que no se apagara. Era, probablemente, Homo erectus. No hay testigos, no hay nombre, solo cenizas y huesos con la huella inconfundible del calor, encontrados demasiado lejos de la entrada para haber llegado allí por accidente. Pero se puede reconstruir la escena como se reconstruye un plano de cine: la luz naranja moviéndose sobre una cara que nos resultaría casi humana, los ojos fijos en algo que se retuerce y cambia de forma sin dejar de ser lo mismo. Es, con toda probabilidad, la primera meditación de nuestra especie —no pensar en algo, sino quedarse quieto ante algo, dejar que la mente se abra simplemente por mirar.

Y entonces, en algún momento que ningún yacimiento podrá fecharnos con precisión, ocurre el gesto que de verdad nos interesa. Alguien tiene entre las manos un trozo de carne, o una raíz, y en vez de comérselo crudo —como había hecho toda su estirpe durante millones de años— lo acerca al borde de las brasas. Espera. Lo retira. Prueba. Ese instante, minúsculo y sin testigos, es probablemente el origen de todo lo que este ensayo va a contar: el antropólogo Richard Wrangham sostiene que fue precisamente cocinar, y no cazar ni fabricar herramientas de piedra, lo que permitió absorber más energía de cada alimento y alimentar con ella un cerebro cada vez más grande. El fuego, antes de ser tecnología para transformar el mundo exterior, fue tecnología para transformar el cuerpo que un día iba a imaginarlo.

Pero el fuego hizo algo más, y aquí conviene detenerse porque es un tópico muy trabajado en antropología: alargó el día. Durante el 99% de nuestra evolución vivimos como cazadores-recolectores, y la antropóloga Polly Wiessner ha pasado cuarenta años documentando lo que ocurre, todavía hoy, entre los bosquimanos ju/’hoansi del Kalahari cuando cae el sol. De día, sus conversaciones giran en torno a la economía doméstica, los rumores, las quejas prácticas. De noche, alrededor del mismo fuego que antes solo cocinaba, esas mismas personas cambian de registro: cuentan historias, cantan, evocan a los ausentes, refuerzan lo que el grupo cree y lo que el grupo es. “Hay algo en el fuego en medio de la oscuridad que une, suaviza y entusiasma a la gente”, ha resumido Wiessner. La luz que alargó las horas despiertas no alargó el trabajo: alargó la imaginación. El círculo de brasas fue, mucho antes que cualquier biblioteca o cualquier pantalla, el primer lugar del mundo dedicado enteramente a contarse historias unos a otros.

De esa misma hoguera —cambiando solo lo que se le echa dentro— sale todo lo demás. Un día alguien no solo cocina en ella, sino que dentro de ella misma endurece el barro con que ha modelado un cuenco, y nace la cerámica. Otro día, mucho más tarde, alguien nota que cierta piedra verdosa, calentada lo suficiente, no se agrieta como las demás sino que suda un hilo brillante y líquido, y ese día nace el metalúrgico: el hombre o la mujer que en Los Millares, hace cinco mil años, aprenderá a leer el color exacto de las llamas para saber si el cobre está listo. La escena es siempre la misma —alguien mirando fijamente algo que el fuego transforma— y solo cambia lo que se pone dentro: primero comida, después barro, después mineral, después, miles de años más tarde, palabras sobre un cañón lunar que todavía no existe, y hoy, datos dentro de una GPU que arde a su propia manera. Este ensayo es la historia de ese único gesto repetido: sentarse frente a algo que quema, esperar, y sacar de ahí algo que antes no estaba.

Hay dos maneras de adelantarse a la propia época. Una es empuñar el material más raro del mundo conocido y aprender, a fuerza de quemarse las manos, el único gesto capaz de domarlo. La otra es no tener ese material todavía —ni la temperatura, ni la aleación, ni la máquina— y aun así construir, solo con palabras, el hueco exacto donde algún día encajará. La primera es el oficio del herrero. La segunda es el oficio del visionario. Este ensayo sostiene que son el mismo oficio visto desde dos orillas del tiempo, y que ambos comparten una ley que no ha dejado de cumplirse en cinco mil años: la tecnología dominante de cada época redefine quién manda, y lo hace no por “usarla”, sino por controlar su capa más escasa —un mineral, una ruta, una destreza que nadie más sabe leer, o simplemente una idea que todavía nadie ha imaginado que sea posible.

En Los Millares, hace más de cinco mil años, esa capa escasa era el cobre y el fuego capaz de fundirlo. En 1865, cuando Julio Verne sentó a tres hombres dentro de una bala de aluminio y los disparó hacia la Luna, la capa escasa era la propia idea de que aquello pudiera intentarse. Hoy, cuando una GPU vale más que su peso en plata y una empresa sin producto alguno se valora en treinta y dos mil millones de dólares solo por la promesa de lo que su fundador imagina, la capa escasa ha vuelto a desplazarse. Pero el mecanismo —escasez que se controla, límite que se imagina antes de superarse— es exactamente el mismo. Este trabajo no busca la aprobación fácil ni el gesto estético: quiere trazar ese mecanismo con el rigor de quien ha excavado y con la ambición de quien mira hacia adelante, para poner en valor algo muy simple —que arqueólogos y técnicos actuales piensan, en el fondo, el mismo problema, y que juntos podrían resolverlo mejor.

Marco conceptual

Conviene fijar tres herramientas antes de empezar el recorrido. La primera es la cadena operativa de André Leroi-Gourhan: ninguna técnica es un gesto aislado, sino una secuencia completa —de la extracción de la materia prima al objeto terminado— en la que cada eslabón exige un saber distinto. La segunda es la distinción de Cathy Costin entre especialista independiente y especialista adscrito: el primero trabaja para quien quiera pagarle; el segundo, solo para el poder que lo sostiene y que a cambio lo controla. La tercera es la idea, tomada de Verne y de la historia de la ciencia, de que la imaginación no es adorno ni fantasía gratuita, sino un prototipo epistemológico: la primera versión, hecha solo de palabras, de una tecnología que el mundo material todavía no puede sostener. Con estas tres llaves se puede leer tanto un taller metalúrgico de hace cinco milenios como un laboratorio de inteligencia artificial de esta misma semana.

Bloque I — Pasado: el taller y el cañón

El cobre: pionero y dependiente

En Los Millares (3200-2200 a.C.), junto a la muralla, hubo un edificio dedicado solo a fundir metal. El mineral llegaba de Sierra de Gádor, Sierra Alhamilla, Cabo de Gata y la zona onubense; se machacaba, se seleccionaba —carbonatado o sulfurado— y se reducía a unos 1.100-1.200 °C controlando la atmósfera del horno con toberas, hasta recoger gotas de cobre que luego se refundían y martilleaban. El herrero del cobre —llamémoslo así aunque trabajara antes del hierro— fue un pionero, pero un pionero dependiente: no podía ejercer su oficio sin quien controlara el acceso al mineral y a la ruta que lo traía. Es una figura que reconoceremos enseguida en el presente.

El bronce: la receta que venía de lejos

Hacia 2200-1550 a.C., en El Argar, el problema cambia de naturaleza. El cobre ya no basta: hace falta estaño, y el estaño ibérico más accesible está en Galicia y el norte de Portugal, a cientos de kilómetros. El metalúrgico argárico ya no es un pionero suelto, sino un especialista adscrito: alguien que calcula a ojo, por el color del baño fundido, la proporción exacta de una aleación cuya materia prima no controla, solo administra para un poder que sí controla la ruta. Hay incluso un detalle que desmiente la intuición: templar el bronce lo ablanda, al revés que el hierro. La naturaleza, aquí, no premia el atajo; exige conocer la excepción.

El cañón que fallaba y aun así apuntaba bien

Mientras tanto, separado por más de tres mil años pero unido por el mismo gesto, otro tipo de “fundición” ocurre en un despacho de París. Julio Verne no era un adivino: era, como el herrero, un investigador de campo. Madrugaba, escribía de memoria las cifras que su primo Henri Garcet le verificaba con precisión matemática, participaba en foros de la Société de Géographie, pedía asesoría técnica antes de escribir una sola línea. En De la Tierra a la Luna (1865) imaginó un cañón capaz de disparar un proyectil tripulado hacia la Luna. La física de Verne fallaba —la aceleración instantánea de un disparo de cañón habría matado a los pasajeros en el acto—, pero el error era fértil: proyectaba con precisión la velocidad de escape necesaria, con un margen de apenas el 2% respecto al valor real. Constantín Tsiolkovski lo leyó de niño y en 1903 dedujo la ecuación del cohete que hoy lleva su nombre; Hermann Oberth y Robert Goddard siguieron esa misma estela hasta construir, ya con combustible líquido, el prototipo real que Verne no pudo tener. El cañón lunar es, en este sentido, el taller de fundición de una civilización que aún no tenía el metal —el combustible, el cálculo orbital— pero ya sabía, palabra por palabra, la forma exacta que debía tener el molde.

El primer contrapunto

Ambos talleres —el de piedra y barro de Los Millares, el de tinta y cálculo de Verne— comparten una misma lección: en el origen de toda tecnología dominante hay alguien trabajando en el límite exacto de lo que su época puede sostener, sea ese límite material (no hay suficiente estaño) o imaginativo (no hay todavía ecuación que explique la velocidad de escape). El pasado no es solo el escenario donde ocurrió esto una vez; es la primera demostración de que ocurre siempre.

Bloque II — Presente: la destreza y la carrera

El hierro: la paradoja de la abundancia

Hacia el 700 a.C. llega a la Península el hierro, y con él una paradoja que define buena parte del presente tecnológico. El mineral de hierro es, comparado con el cobre y el estaño, abundante. Pero el hierro nunca llega a fundirse del todo en los hornos protohistóricos —funde a 1.538 °C, fuera de alcance—; se reduce en un horno de cuba y se obtiene una masa esponjosa, la “lupia”, que hay que consolidar a martillazos expulsando la escoria, leyendo el color del metal al rojo vivo sin más termómetro que el ojo entrenado. Cuando el material deja de ser escaso, la escasez no desaparece: se traslada a la destreza tácita de quien sabe leerlo. Este es el giro que explica, mejor que ningún otro, el mundo tecnológico de 2026.

El herrero del hierro tiene hoy nombre de ingeniero

El hardware de inteligencia artificial de este año es, en ese sentido, exactamente como el mineral de hierro: relativamente abundante y accesible —cualquiera puede alquilar GPUs por horas en la nube—, pero casi inútil sin quien sepa afinar un modelo ya entrenado, interpretar por qué falla, corregirlo sin romperlo. Nadie lo hace por receta escrita; se aprende, como el color del hierro al rojo, por ensayo y error prolongado. Es el paralelo más limpio de todo el ensayo: el especialista que hoy hace fine-tuning e interpretabilidad es, con siglos de por medio, el mismo artesano que golpeaba la lupia hasta expulsar la escoria.

Pero el presente también reserva el papel del herrero del cobre —el pionero dependiente— y aquí conviene actualizar el caso con lo que ha ocurrido en los últimos dos años. En mayo de 2024 Ilya Sutskever, cofundador y hasta entonces científico jefe de OpenAI, dejó la empresa tras la crisis de gobierno que sacudió su consejo, y un mes después fundó Safe Superintelligence Inc. (SSI), una compañía con un único objetivo declarado y sin producto comercial alguno. En 2026 SSI vale unos treinta y dos mil millones de dólares, ha recibido una inversión de varios miles de millones de Nvidia y sigue sin publicar un solo modelo público. Es el retrato casi perfecto del herrero del cobre: un pionero de altísimo prestigio, pero estructuralmente dependiente de quien controla el recurso más escaso de esta era —la capacidad de cómputo a escala masiva— para poder ejercer su oficio.

NVIDIA: la fragua que cambió de metal

El caso de Nvidia merece su propio taller. Fundada en 1993 por Jensen Huang, Chris Malachowsky y Curtis Priem, la empresa nació fundiendo un metal muy concreto: los gráficos de los videojuegos. Con la GeForce 256 (1999) se convirtió en la primera GPU comercial del mercado; con CUDA (2006-2010) abrió esa misma fragua a un uso que nadie había previsto del todo, el cálculo científico masivo. Ese giro —de los píxeles a los centros de datos— es hoy más del 90% de sus ingresos. Y el metal ha seguido cambiando de fase incluso mientras se escribía este ensayo: la arquitectura Blackwell (2024) fue sucedida en 2026 por Rubin, presentada por Huang en enero y puesta en producción plena a mitad de año, con un salto de rendimiento que la propia compañía cifra en cinco veces más velocidad y una reducción de diez veces en el coste de inferencia frente a su predecesora. Nvidia ya anuncia la siguiente fragua, Feynman, prevista para 2028. El ritmo con que cambia el metal se ha comprimido de siglos a bienios, pero el gesto —controlar la capa más escasa de la tecnología dominante— no ha cambiado en absoluto.

La materialización de lo imaginado

Entre el taller de Los Millares y el laboratorio de Nvidia hay un puente que conviene recorrer, porque es el puente que va de la imaginación a la ingeniería de sistemas. Sergei Korolev, ingeniero jefe soviético, puso en órbita el Sputnik en 1957 resolviendo, con hierro y cálculo orbital reales, el mismo problema que Verne solo había podido resolver con tinta noventa años antes. Doce años después, la computación embebida del Apollo Guidance Computer —una fracción minúscula de la potencia de un teléfono actual— llevó a Armstrong y Aldrin a la Luna.

De la red que temía a la guerra nuclear a la red que cabe en un bolsillo

Internet nace, como el hierro protohistórico, de una necesidad de supervivencia antes que de una vocación de compartir. En plena Guerra Fría, ARPA financió una red que no dependiera de un único centro de mando. El 29 de octubre de 1969, a las 22:30, Leonard Kleinrock envió desde UCLA el primer mensaje de ARPANET hacia Stanford; el sistema se cayó tras la segunda letra, así que la primera palabra que viajó por lo que hoy es Internet no fue “hola” sino, por accidente, “lo”.

El protocolo resolvió que las máquinas hablaran entre sí; faltaba el objeto que una persona corriente quisiera encender cada día. Ese fue el puente de Steve Jobs: el Apple II y el Macintosh fabricaron la máquina fácil de usar, y fue precisamente en una estación NeXT —el ordenador que Jobs construyó fuera de Apple— donde Tim Berners-Lee escribió, en 1989, el primer servidor y el primer navegador de la World Wide Web. Con el hipertexto ya sobre un aparato de consumo, el resto de la lección —de Mosaic a la Web 2.0— es la misma: la red deja de ser un juguete de laboratorio cuando alguien cierra el hueco entre el protocolo y la mesa de quien no programa.

Bloque III — Futuro: la abundancia que viene y el eco del hierro

El ecosistema alrededor del oficio

Ni en Los Millares ni en San Francisco trabaja nunca un solo hombre. Alrededor del herrero del cobre había prospectores, comerciantes y quienes defendían la ruta; el saber se transmitía de padre a hijo, como atestiguan los gremios medievales y las castas de herreros de África y de India. Alrededor del ingeniero de hoy hay una cadena idéntica en estructura aunque distinta en materia: quien diseña la litografía EUV con la que se fabrican los chips más avanzados depende por completo de una única empresa en el mundo capaz de construir esas máquinas, tan escasa como lo fue el estaño ibérico; el especialista en ciberseguridad ofensiva no depende de una herramienta cara —el software es barato o gratuito— sino de una destreza tácita para ver lo que nadie más ve, el paralelo más puro del herrero del hierro fuera del propio campo de la inteligencia artificial. Es un ecosistema que se ha repetido, sin que unas culturas conocieran a otras, en momentos completamente distintos de la historia. Se puede, de hecho, reconocer una civilización por cómo trabaja su metal —cultura campaniforme, Hallstatt, La Tène— tal como dentro de un siglo se podrá reconocer esta época por cómo trabajó su GPU.

La Web 3, el bronce que aún no encuentra su estaño

No todo límite se supera al primer intento, y el paso que debía seguir a la Web 2.0 es la prueba más clara de este ensayo en marcha. La Web 3 promete devolver al usuario la propiedad de sus datos y sus activos digitales mediante la blockchain, sin depender de las plataformas centralizadas que ganaron la partida en la era 2.0. Pero choca, en 2026, con algo muy parecido a la escasez del estaño argárico: el llamado “trilema” de la blockchain obliga a elegir apenas dos de tres virtudes —descentralización, seguridad, escalabilidad— y quien ha tenido las dos primeras, como Ethereum, ha pagado el precio en lentitud y coste; quien ha priorizado la velocidad ha tenido que sacrificar parte de la descentralización. A eso se suman una curva de aprendizaje que aparta al usuario corriente, una regulación todavía ambigua entre países, y la desconfianza heredada de proyectos fallidos como FTX o Celsius. Las llamadas soluciones de “capa 2” —redes que se apoyan sobre la cadena principal para aligerar su carga— han empezado a paliar el problema de escalabilidad, del mismo modo que el cobre arsenicado fue, durante un tiempo, la alternativa parcial de quienes aún no tenían acceso al estaño gallego. Pero la Web 3, a diferencia de la Web 2.0, todavía no ha encontrado su Steve Jobs: el objeto sencillo, invisible en su complejidad, que haga que la propiedad descentralizada de un dato sea tan fácil de usar como enviar un mensaje.

Metaversos, la frontera que aún no cierra

Ligada a esa misma Web 3 —necesita su economía, aunque no sean lo mismo— está la promesa de los mundos digitales persistentes. Plataformas como Star Atlas siguen enfrentando en 2026 los mismos obstáculos de hace unos años: adopción todavía minoritaria, alto consumo energético, y la misma sombra de desconfianza que la Web 3 arrastra desde sus escándalos financieros. Es un recordatorio útil: la imaginación abre el campo de lo posible, pero no todo lo posible se materializa al ritmo que su propio anuncio promete. El hierro tardó siglos en desplazar al bronce; el metaverso y la Web 3 llevan ya varios años intentando desplazar la web centralizada sin conseguirlo del todo.

La solución ya no es un hombre

Hay, sin embargo, un desplazamiento que sí parece estar ocurriendo, y es de naturaleza distinta a todos los anteriores. Durante toda la historia que hemos recorrido —el cobre, el bronce, el hierro, el cañón de Verne, el cohete, el protocolo de Internet— hubo siempre un individuo, o un pequeño grupo, empuñando la tecnología: el herrero, Verne, Korolev, Cerf. Lo que empieza a insinuarse ahora es distinto: máquinas que hablan entre sí, como antes lo hacían los humanos entre sí, y una agencia que ya no reside en un solo sujeto frente a una herramienta, sino en redes de máquinas, algoritmos y personas que co-crean el resultado. No es que el ser humano desaparezca del taller; es que, por primera vez en esta historia, comparte el yunque con algo que no es humano.

El cierre: el eco del hierro

Y aquí el ensayo puede por fin cerrar el círculo con el que empezó. El hardware de inteligencia artificial de hoy —relativamente barato, accesible por horas, cada vez más potente con cada arquitectura que Nvidia bautiza con el nombre de un científico— es el hierro de esta época: abundante, pero mudo si nadie sabe leerlo. La escasez, una y otra vez, no está en el material. Está en quien tiene la destreza tácita de dominarlo, en quien tiene el valor de imaginar su forma antes de que el material exista, y —esto es lo que Heidegger apuntaba al preguntarse por la técnica— en la relación de fondo que una cultura entera decide tener con aquello que domina. El ser humano tiene que gestionar el miedo, desde Sócrates temiendo que la escritura debilitara la memoria hasta los ludistas de 1811, y aplicar al mismo tiempo la ética; pero también tiene que ser pragmático, porque el mundo humano sigue siendo, ahora como en Los Millares, un juego de suma cero en el que quien llega después de su rival pierde la partida.

Conclusión

De Los Millares a Rubin, de la lupia esponjosa al modelo que nadie sabe todavía interpretar del todo, la historia de la tecnología no es una lista de artefactos: es un proceso epistemológico colectivo en el que la imaginación abre el horizonte, el material impone su límite, y una destreza —tácita, heredada, nunca del todo escrita— decide quién cruza ese límite primero. Poner esto en valor no es un ejercicio nostálgico hacia la arqueología ni un brindis ingenuo hacia la inteligencia artificial: es proponer que el arqueólogo y el técnico actual son, en el fondo, el mismo tipo de profesional, y que un futuro mejor se construye más rápido si ambos, por fin, se reconocen el oficio.


 

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